A proposito del video de Diosito.
Si
Dios es todo bondad y poder, la existencia del sufrimiento parece una
contradicción insalvable. ¿Es el mal un error de la creación o el precio de
nuestra libertad? Este material explora esa tensión eterna, donde la esperanza
humana choca contra la realidad del dolor, buscando respuestas ante el silencio
de lo sagrado.
El
siguiente texto de Arthur Machen esta tomado de la
excelente obra El retorno de los Brujos de Jacques Bergier y Louis Pawles lo traigo
a colación porque ofrece una visión muy peculiar e interesante del mal, espero
que puedan apreciarlo. Porque el asunto del mal, lo bueno, el pecado y el dolor
son siempre aspectos que hemos considerado de alguna manera responsabilidad de
Diosito, por ello lo incluyo para así ver esta otra visión del asunto.
“
Los verdaderos pecadores, como los verdaderos santos, son ascetas. El verdadero
Mal, como el verdadero Bien, nada tiene que ver con el mundo ordinario. -L
Pecar es tomar el cielo por asalto. —El verdadero Mal es cada vez más raro. —
El materialismo, enemigo del Bien, y más aún del Mal. —A fin de cuentas, hoy
existe algo. —Si os interesa realmente...
Ambrosio
dijo:
—Brujería y santidad, he aquí las únicas
realidades. —Y prosiguió : La magia tiene su justificación en sus criaturas:
comen mendrugos de pan y beben agua con
una alegría mucho más intensa que la del epicúreo.
—¿Os
referís a los santos?
—Sí.
Y también a los pecadores. Creo que vos caéis en el error frecuente de quienes
limitan el mundo espiritual a las regiones del bien supremo. Los seres
extremadamente perversos forman también parte del mundo espiritual. El hombre
vulgar, carnal y sensual, no será jamás un gran santo. Ni un gran pecador. En
nuestra mayoría, somos simplemente criaturas de barro cotidiano, sin comprender
el significado profundo de las cosas, y por esto el bien y el mal son en
nosotros idénticos: de ocasión, sin importancia.
—¿Pensáis,
pues, que el gran pecador es un asceta, lo mismo que el gran santo?
—Los
grandes, tanto en el bien como en el mal, son los que abandonan las copias
imperfectas y se dirigen a los originales perfectos. Para mí, no existe la
menor duda: los más excelsos, entre los santos, jamás hicieron una «buena
acción», en el sentido corriente de la palabra. Por el contrario, existen
hombres que han descendido hasta el fondo de los abismos del mal, y que, en
toda su vida, no han cometido jamás lo que vosotros llamáis una «mala acción».
Se
ausentó un momento de la estancia; Cotgrave se volvió a su amigo y le dio las
gracias por haberle presentado a Ambrosio.
—Es
formidable —dijo Jamás había visto un chalado de esta clase.
Ambrosio
volvió con una nueva provisión de whisky y sirvió a los dos hombres con
largueza. Criticó con ferocidad la secta de los abstemios, pero se sirvió un
vaso de agua. Iba a reanudar su monólogo
cuando Cotgrave le atajó:
—Vuestras
paradojas son monstruosas: ¿Puede un hombre ser un gran pecador sin haber hecho
nunca nada culpable? iVamos, hombre! —os equivocáis completamente —dijo
Ambrosio—, pues soy incapaz de paradojas: iojalá pudiera hacerlas! He dicho,
simplemente, que un hombre puede ser un gran conocedor de vinos de Borgoña sin
haber entrado jamás en una taberna. Eso es todo, y ¿no os parece más una
perogrullada que una paradoja? Vuestra reacción revela que no tenéis la menor
idea de lo que puede ser el pecado. iOh!, naturalmente existe una relación
entre el Pecado con mayúscula y los actos considerados como culpables:
asesinato, robo, adulterio, etc. Exactamente la misma relación que existe entre
el alfabeto y la poesía más genial. Vuestro error es casi universal: os habéis
acostumbrado, como todo el mundo, a mirar las cosas a través de unas gafas
sociales. Todos pensamos que el hombre que nos hace daño, a nosotros, o a
nuestros vecinos, es un hombre malo. Y lo es, desde el punto de vista social.
Pero ¿no podéis comprender que el Mal, en su esencia, es una cosa solitaria,
una pasión del alma? El asesino corriente, como tal asesino, no es en modo
alguno un pecador en el verdadero sentido de la palabra. Es sencillamente una
bestia peligrosa, de la que debemos librarnos para salvar nuestra piel. Yo lo
clasificaría mejor entre las fieras que entre los pecadores.
—Todo
esto me parece un poco extraño.
—Pues no lo es.; el asesino no mata por
razones positivas, sino negativas; le falta algo que poseen los no-asesinos. El
Mal, por el contrario, es totalmente positivo. Pero positivo en el sentido
malo. Y es muy raro. Sin duda hay menos pecadores verdaderos que santos. En
cuanto a los que llamáis criminales, son seres molestos, desde luego, y de los
que la sociedad hace bien en guardarse; pero entre sus actos antisociales y el
Mal existe un gran abismo, icreedme!
Se
hacía tarde. El amigo que había llevado a Cotgrave a casa de Ambrosio había sin
duda oído esto otras veces. Escuchaba con sonrisa cansada y un poco burlona,
pero Cotgrave empezaba a pensar que su «alienado» era tal vez un sabio.
Sabéis que me interesáis enormemente? —dijo—.
¿Opináis, pues, que no comprendemos la verdadera naturaleza del Mal?
—Lo
sobreestimamos. O bien lo menospreciamos. Por una parte, llamamos pecado a las
infracciones de los reglamentos de la sociedad, de los tabús sociales. Es una
exageración absurda. Por otra parte, atribuimos una importancia tan enorme al
«pecado» que consiste en meter mano a nuestros bienes o a nuestras mujeres, que
hemos perdido absolutamente de vista lo que hay de horrible en los verdaderos
pecados.
—Entonces,
¿qué es el pecado? —dijo Cotgrave.
—Me
veo obligado a responder a su pregunta con otras preguntas. ¿Qué experimentaría
si su gato o su perro empezaran a hablarle con voz humana? ¿Y si las rosas de
su jardín se pusieran a cantar? ¿Y si las piedras del camino aumentaran de
volumen ante sus ojos? Pues bien, estos ejemplos pueden darle una vaga idea de
lo que es real mente el pecado.
—Escuchen
—dijo el tercer hombre, que hasta entonces había permanecido muy tranquilo—, me
parece que los dos están locos de remate. Me marcho a mi casa. He perdido el
tranvía y me veré obligado a ir a pie.
Ambrosio
y Cotgrave se arrellanaron aún más en sus sillones después de su partida. La
luz de los faroles palidecía en la bruma de la madrugada, que helaba los
cristales.
—Me
asombra usted —dijo Cotgrave—. Jamás había pensado en todo esto. Si es
realmente así, hay que volverlo todo del revés. Entonces, según usted, la
esencia del pecado sería...
—Querer
tomar el cielo por asalto —respondió Ambrosio . El pecado consiste, en mi
opinión, en la voluntad de penetrar de manera prohibida en otra esfera más
alta. Esto explica que sea tan raro. En realidad, pocos hombres desean penetrar
en otras esferas, sean altas o bajas, y de manera autorizada o prohibida. Hay
pocos santos. Y los pecadores, tal como yo los entiendo, son todavía más raros.
Y los hombres de genio (que a veces participan de aquellos dos) también
escasean mu cho... Pero puede ser más difícil convertirse en un gran pecador que en -un gran santo.
—¿Porque el pecado es esencialmente naturaleza?
—Exacto.
La santidad exige un esfuerzo igualmente grande, o poco menos; pero es un
esfuerzo que se realiza por caminos que eran antaño naturales. Se trata de
volver a encontrar el éxtasis que conoció el hombre antes de la caída. En cam
bio, el pecado es una tentativa de obtener un éxtasis y un saber que no existen
y que jamás han sido dados al hombre, y el que lo intenta se convierte en
demonio. Ya le he dicho que el simple asesino no es necesariamente un pecador.
Esto es cierto; pero el pecador es a veces asesino. Pienso en Gilles de Rais,
por ejemplo. Considere que, si el bien y el mal están igualmente fuera del
alcance del hombre contemporáneo, del hombre corriente, social y civilizado, el
mal lo está en un sentido mucho más profundo. El santo se esfuerza en recobrar
un don que ha perdido; el pecador persigue algo que no ha poseído jamás. En
resumidas cuentas, reproduce la Caída.
—¿Es
usted católico? —preguntó Cotgrave.
—Sí,
soy miembro de la Iglesia anglicana perseguida.
—Entonces,
¿qué me dice de esos textos en que se denomina pecado lo que usted califica de
falta sin importancia?
—Advierta,
por favor, que en esos textos de mi religión aparece reiteradamente el nombre
de «mago», que me parece la palabra clave. Las faltas menores, que se denominan
pecados, sólo se llaman así en la medida que el mago perseguido por mi religión
está detrás del autor de estos pequeños delitos. Pues los magos se sirven de
las flaquezas humanas . resultantes de la vida material y social, como
instrumentos para alcanzar su fin infinitamente execrable. Y permita que le
diga esto: nuestros sentidos superiores están tan embotados, estamos hasta tal
punto saturados de materialismo, que seguramente no reconoceríamos el verdadero
mal si nos tropezáramos con él.
—Pero,
¿es que no sentiríamos, a despecho de todo, un cierto horror, este horror de
que me hablaba hace un momento, al invitarme a imaginar unas rosas que
rompiesen a cantar?
—Si
fuésemos seres naturales, sí. Los niños, algunas mujeres y los animales sienten
este horror. Pero, en la mayoría de nosotros, los convencionalismos, la
civilización y la educación han embotado y oscurecido la naturaleza. A veces
podemos reconocer el mal por él odio que manifiesta al bien y nada más; pero
esto es puramente fortuito. En realidad, los Jerarcas del Infierno pasan
inadvertidos. por nuestro lado.
—¿Piensa
que ellos mismos ignoran el mal que encarnan?
—Así
lo creo. El verdadero mal, en el hombre, es como la santidad y el genio. Es un
éxtasis del alma, algo que rebasa los límites naturales del espíritu, que
escapa a la conciencia. Un hombre puede ser infinita y horriblemente malo, sin sospecharlo siquiera. Pero repito: el
mal, en el sentido verdadero de la palabra, es muy raro. Creo incluso que cada vez lo es más.
—Procuro
seguirle —dijo Cotgrave—. ¿ Cree usted que el Mal verdadero tiene una esencia
completamente distinta de lo que solemos llamar el mal?
—Absolutamente.
'Un pobre tipo excitado por
el
alcohol vuelve a su casa y mata a patadas a su mujer y a sus hijos. Es un
asesino. Gilles de Rais es también un asesino. Pero ¿advierte usted el abismo
que los separa? La palabra es accidentalmente la misma en ambos casos, pero el
sentido es totalmente distinto.
»Cierto
que el mismo débil parecido existe entre todos los pecados sociales y los
verdaderos pecados espirituales, pero son como la sombra y la realidad. Si es
usted un poco teólogo, tiene que comprenderme.
—Le
confieso que no he dedicado mucho tiempo a la teología —observó Cotgrave—. Lo
lamento; pero, volviendo a nuestro tema, ¿cree usted que el pecado es una cosa
oculta, secreta?
—Sí.
Es el milagro infernal, como la santidad es el milagro sobrenatural. El
verdadero pecado se eleva a un grado tal que no podemos sospechar en absoluto
su existencia. Es como la nota más baja del órgano: tan profunda que nadie la
oye. A veces hay fallo, recaídas, que conducen al asilo de locos o a desenlaces
todavía más horribles. Pero en ningún caso debe confundirlo con la mala acción
social. Acuérdese del Apóstol: hablaba del otro lado y hacía una distinción
entre las acciones caritativas y la caridad. De la misma manera que uno puede
darlo todo a los pobres y, a pesar de ello, carecer de caridad, puede evitar
todos los pecados y, sin embargo, ser una criatura del mal.
—iHe
aquí una psicología singular! —dijo Cotgrave—. Pero confieso que me gusta.
Supongo que, según usted, el verdadero pecador podría pasar muy bien por un
personaje inofensivo, ¿no es así?
—Ciertamente.
El verdadero mal no tiene nada que ver con la sociedad. Y tampoco el Bien,
desde luego. ¿Cree usted que se sentiría a gusto en compañía de san Pablo?
¿Cree usted que se entendería bien con Sir Galahad? Lo mismo puede decirse de los pecadores. Si usted encontrase a un
verdadero pecador, y reconociese el pecado que hay en él, sin duda se sentiría
horrorizado. Pero tal vez no existiría ninguna razón para que aquel hombre le
disgustara. Por el contrario, es muy posible que, si lograba olvidar su pecado,
encontrase agradable su trato. i Y, sin embargo... ! iNo! iNadie puede adivinar
cuán terrible es el verdadero Mal...! iSi las rosas y los lirios del jardín se
pusieran a cantar esta madrugada, si los muebles de esta casa empezaran a
desfilar en procesión como en el cuento de Maupassant...!
—Celebro
que vuelva a esta comparación —dijo Cotgrave—, pues quería preguntarle a qué
corresponden, en la Humanidad, estas proezas imaginarias de las cosas que usted
cita. Repito: ¿qué es, pues," el pecado? Quisiera que me diese usted un
ejemplo concreto.
Por
primera vez, Ambrosio vaciló:
—Ya
le he dicho que el verdadero Mal es muy raro. El materialismo de nuestra época,
que tanto ha hecho para suprimir la santidad, tal vez ha hecho más aún para
suprimir el mal. Encontramos la tierra tan cómoda, que no sentimos deseos de
subir ni de bajar. Todo ocurre como si el especialista del Infierno realizase
trabajos puramente arqueológicos.
—Sin
embargo, tengo entendido que sus investigaciones se han extendido hasta la
época actual.
—Veo
que está usted realmente interesado. Pues bien, confieso que he reunido, en
efecto, algunos documentos...”
TAOLY
SANCHEZKY

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